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lunes, 18 de julio de 2016

Los analfabetos funcionales de la escuela.

“Leo y leo, y no entiendo” Es  posible que la mayoría de los niños y adolescentes estén decodificando los grafos de las letras pero no comprenden lo que leen. 

"Avanza marzo y la pereza en los movimientos de los escolares es evidente. De modo imperceptible, el vértigo del viejo año se unió al del nuevo, para hacernos sentir que no hubo pausa, que las energías no se han renovado.


Con caras de desgano, los estudiantes  llenan las aulas, mientras los maestros proponemos  nuevos contenidos. Como música de fondo resuenan las primeras toses y estornudos. Van apenas cuatro semanas de clases y ya abundan las ausencias por enfermedad estacional. De esa manera no es sencillo cumplir con lo programado o alcanzar metas pedagógicas, o reducir el analfabetismo.
Según Unicef (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), Argentina es uno de los países más alfabetizados de la región, tomando la definición clásica de los que saben leer y escribir. Aun cuando sobran ejemplos de analfabetos que interpretan la realidad sin necesitar la palabra escrita y así tienen una vida productiva, ellos viven dentro de la burbuja silenciosa del iletrismo. No leen ni escriben porque nunca accedieron al sistema educativo. Con lógica simple, bastaría con incorporar a los chicos a la escuela para evitar ese injusto aislamiento, para que puedan crecer y vincularse en este mundo lleno de palabras. 


Un segundo nivel lo conforman aquellos que, sabiendo leer y escribir, no logran comprender el significado del lenguaje. Conocen las formas pero son incapaces de asimilar e interpretar su sentido, y con ello se transforman en repetidores de frases, vacías para el aprendizaje. “Leo y leo, y no entiendo”, repiten.

Un tercer nivel de analfabetismo es consecuencia del anterior: pudiendo leer, escribir e incluso comprender un texto, el alumno no logra reproducirlo. Hay incapacidad para enunciar conceptos de modo de hacerlos comprensibles a otras personas, y cuando la transmisión de ideas no se produce se pierde la posibilidad de enriquecerlas. Esto se observa en las evaluaciones, orales o escritas, en las que los chicos no pueden demostrar sus conocimientos porque no saben expresarlos. “Lo sé, pero no lo puedo explicar”, afirman.


Un cuarto nivel de analfabetismo se plantea cuando hay dificultad o imposibilidad de generar ideas a partir de lo adquirido con la lectura y escritura. Ocurre en personas que leen y escriben, que entienden y reproducen ideas haciéndolas comprensibles a otros, pero no logran relacionar diferentes conceptos para la construcción de ideas propias. En este nivel encontramos a muchos niños y adolescentes que transitan su escuela repitiendo frases y conceptos a los que no aportan creación ni singularidad. Tal analfabetismo funcional se transforma en territorio fértil para las ideas absolutas, prejuicios y dogmas que terminan construyendo un pensamiento uniforme y una peligrosa permeabilidad a la influencia de los “formadores de opinión”.

Mientras tanto, los niños son alfabetizados por la tecnología, que los vuelve expertos digitales desde la cuna. Adquieren capacidades con las que resuelven su vida cotidiana y, como superan en habilidad a sus mayores, los vuelve a su vez los analfabetos del siglo 21.

¿Qué criterio deberíamos usar para definirlos? ¿Cómo se cuentan los analfabetos funcionales?

"Los docentes podrán mejorar la comprensión de textos y también el modo de evaluar, pero esta sociedad no puede permitirse seguir formando ciudadanos sin opinión, originalidad, una pizca de ingenio y otra de autoría."


FUENTE: Una versión de este artículo fue publicada en la edición impresa del Sábado 23 de marzo de 2013 De Lavoz
UNICEF